jueves, abril 25, 2013

Capriles, el aguajero o la ridiculez como estilo


Por: Rafael Hernández Bolívar 

 

Duermo en la casa paterna, en Apure. Un poco más de las seis de la mañana. Me despiertan unos gritos y un movimiento de borrachos amanecidos frente a mi habitación. Abro la ventana que da a la calle y allí, frente a mí, separado por un metro escaso, observo un amasijo de brazos que mantienen agarrado a un hombre presa de una furia desbordante. Insulta con palabras soeces y terriblemente ofensivas. Al otro lado de la calle, otro hombre, desconcertado y resignado, pero, decidido, con los puños cerrados espera la refriega, los golpes que concretarían la amenaza del hombre furioso. En ese preciso instante, el agresor se vuelve hacia quienes le sujetan y les dice en voz baja, aunque le escucho con toda claridad: “¡No me vayan a soltar!...” y mira una vez más al objeto de su furia, mientras, de nuevo a gritos, arrecia su vendaval de insultos.

Me sorprendió que alguien pudiera fingir la ira y la decisión de manera tan convincente. ¡Que pudiera armar un teatro de valentía y coraje, con la seguridad de que la cosa no pasaría a mayores, pues brazos amigos impedirían que el ofendido pudiera cobrarle los insultos! Tenía yo, entonces, unos diecisiete años. Pero, desde ese día me curé para siempre de los aguajeros.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, aguajero es la persona que alardea de sus virtudes y posesiones. Pero, en Apure, somos más precisos: Aguajero es la persona que alardea de lo que carece. Quizás tenga que ver con la caza que con arco y flecha se hace en las sabanas inundadas: Cuando uno ve movimiento de agua supone un cardumen y dispara la flecha; pero, cuando esta sale a flote sin ningún pez atravesado, entonces, el cazador dice: ¡Puro aguaje! ¡No había nada!

Estos recuerdos y reflexiones me asaltan cuando veo a Capriles Radonski diciendo: “La verdad es que se robaron las elecciones”. Antes había amenazado, en términos de ultimátum, al Consejo Nacional Electoral si no aprobaba la auditoría de las elecciones del 14 de abril en los términos que él establecía. Pero, cosa curiosa, hasta ahora no ha hecho impugnación alguna ni presenta prueba de ninguna irregularidad que diga qué se alteró en el proceso de votación y cómo esa alteración modificó los resultados. Tampoco ha presentado una sola prueba que demuestre nada. Sólo acusaciones, insultos y llamados a la violencia. Incluso, llega a decir que los votos que él sacó son los que dice el CNE; pero, niega que los votos de Maduro del 14 de abril sean los que dice ese mismo organismo. ¿Y entonces? ¿Cómo sabe que esto es así? ¿Es que hay una diferencia en las sumatorias de las actas que tienen en su poder? Si esto es verdad, sería sencillísimo para él -ante el país, ante el CNE, ante el TSJ, ante donde quiera-, presentar estas actas como prueba. ¿Por qué no lo hace? Porque las evidencias pulverizarían su patraña y la certidumbre resta espacios a la mentira y a la especulación.

Es más, lo único que le hemos escuchado –llamado pomposamente por Capriles como “recolección de pruebas”- no puede resultar más ridículo. Dice que están recogiendo copias de actas de defunción para que el CNE les diga si tales personas “votaron” el 14 de abril. Es decir, el punto de partida no es que Capriles tiene la información de que tal persona fallecida aparece como votante en tal o cual mesa. No. Nada de eso. Se trata de que el CNE dedique personal y tiempo a verificar si una persona fallecida aparece en el registro electoral; en caso de que aparezca, ver en qué centro de votación y mesa le correspondería votar; verificar si aparece como votante efectivo; si votó por Maduro y, por supuesto, si esto también es afirmativo, determinar quién se hizo pasar por el difunto y cómo logró engañar a la captadora de huella, a los testigos, a los funcionarios del CNE, al Plan República, a los acompañantes y observadores internacionales, etc. Por si fuera poco, hay otros elementos a considerar: Las personas desaparecidas no caerían en una única mesa o centro de votación. Tampoco en una sola entidad federal. Estarían repartidas en mesas a lo largo y ancho del país. Para ponerlos a votar se requeriría no sólo de la manipulación de las máquinas electorales sino de infinidad de personas reales que colocaran sus huellas y sus firmas en las captadoras de huellas y en los cuadernos de votación, respectivamente. ¡Y todo ello ante los testigos escogidos al azar por el CNE, los representantes de los partidos (incluidos los representantes de Capriles) y los propios votantes! Es decir, Capriles exige que el CNE haga toda una investigación a partir de una hipótesis sin elementos o indicios, sólo sobre la base del capricho o la intuición interesada de la MUD. Por esta vía, bien pudieron solicitar exámenes de sangre u orina para ver si había en los testigos rastros de somníferos que demostraran que habían sido dormidos y anulada su voluntad durante el proceso electoral u otro disparate que se les ocurriese a su enfebrecida cabeza.

Capriles no tiene ni idea de su responsabilidad con el país o con sus seguidores. Sus desplantes de niño malcriado han enlutado a familias venezolanas y llenado de incertidumbre y frustración a quienes le creyeron constructor de la paz y de la unión que pregonó en su campaña. Contra toda lógica democrática, en lugar de reforzar la esperanza en una futura victoria exaltando su crecimiento numérico y afincarse para redoblar el trabajo en aras de consolidar futuras victorias, decidió quemar el país y apostar a la crisis que pudiera resolver a su favor alguna intervención extranjera. Uno lo mira hacer y tiembla pensando la catástrofe que significaría semejante desquiciado al mando del Estado venezolano. No digamos por lo que desde el punto de vista ideológico significa la derecha en el poder, que de suyo ya es una tragedia. Pensemos en las cualidades mínimas que esperaríamos de un gobernante a quien le importe su país y su gente, aunque no sea más que para mantenerlo productivo, explotarlo y ponerlo al servicio de sus intereses. Ni siquiera eso.

Peor aún. Está absolutamente consciente de su derrota electoral. Sabe que no hay fraude alguno y la mejor prueba de que eso es así es que el sistema de votación registró su crecimiento de manera fiel. Si en algún momento, no una diferencia de trescientos mil sino digamos de dos millones de votos, en caso de que fuese posible un fraude, éste pasaría sin traumas ni sospechas, sería en las elecciones pasadas: Todas las encuestadoras pronosticaban el triunfo del Presidente Maduro por una diferencia que oscilaba entre 10 y 18 puntos. Adicionalmente, se venía de triunfos arrolladores en octubre y en diciembre del año pasado y el lazo emocional que se generó con la muerte del Presidente Chávez fue masivo y profundo. Pero, explicable por otros factores, la opción socialista reflejada en votos disminuyó y el sistema electoral reflejó de manera fiel esa disminución y el aumento de la opción de Capriles. Sin embargo, el Presidente Maduro conservó una diferencia a su favor que, sin ninguna duda, le hizo ganador de las elecciones.

El Consejo Nacional Electoral ha tenido una posición institucional, firme, democrática, transparente. Desde un primer momento, la inconformidad que pudiera tener el candidato perdedor puede ser procesada recurriendo a las leyes y a la Constitución Nacional de la Republica bolivariana de Venezuela. La auditoría solicitada fue aprobada en los términos contemplados por el sistema y las leyes electorales. Igualmente ha manifestado claramente: “...les asiste el derecho de impugnar la elección pero también el deber de presentar las pruebas de ello”. Pero como no tienen prueba alguna, arman el escándalo. Rechazan la auditoría, antes de que comience; recusan al Tribunal Supremo de Justicia antes de que este conozca oficialmente del caso y salen al exterior a imponer sus mentiras, con el respaldo de la derecha internacional confabulada. Vale decir, hacen el aguaje y montan su teatro.

En las interpelaciones que hizo la Asamblea Nacional a los golpistas de abril de 2002, después de tantas respuestas vacías y absurdas hechas por Carlos Molina Tamayo, uno de los militares golpistas, el diputado Esté preguntó, francamente exasperado: “¿Hasta cuándo vamos a perder el tiempo con este payaso?”. Hoy cabe la misma expresión de indignación ante Capriles. ¡Dejémoslo solo en escenario! ¡El tiene todo el talento para hundirse sin ayuda! Y los revolucionarios dediquémonos a construir la patria socialista. Quienes están ejerciendo funciones en el gobierno, a trabajar con ahínco y responsabilidad en resolver los tantos problemas que tiene el país y quienes no formamos parte de la burocracia estatal, intensifiquemos la organización del pueblo y profundicemos el debate ideológico y la crítica y seguimiento del gobierno y las instituciones del Estado. Encaremos la tarea de ganar a todo el pueblo para la Revolución Socialista. Y ambos, gobierno y militancia revolucionaria, dedicarnos a establecer fluidos canales de comunicación con todo el pueblo, incluidos los que nos adversan. No olvidemos que las elecciones pasadas no son más que una encuesta de lo que pensaba una muestra del 78% del universo de votantes el 14 de abril y que sin duda sus puntuaciones están cambiando día a día. Depende de nuestro trabajo, de nuestra honestidad y de nuestras ideas y proyectos que esos cambios sean a nuestro favor.

Esto no quiere decir que no se cocina algo peligroso detrás de las payasadas. Ya hemos visto un adelanto en las muertes del 15 de abril y en las agresiones a Centros de Diagnóstico Integral de la Misión Barrio Adentro. También han sido elocuentes las acciones y los silencios de los grandes intereses de la derecha internacional. Pero, en lo que tiene que ver con nuestra realidad nacional, quienes deben ejercer un papel protagónico e institucional son los poderes judicial, legislativo y moral. Tienen que adelantar las investigaciones necesarias y procesar a los responsables generadores de violencia y desestabilización. Es decir, que cada quien cumpla con su trabajo.


Capriles perdió una oportunidad de oro en los nuevos tiempos de la sociedad venezolana. Perdió la oportunidad de ser un interlocutor válido ante el gobierno socialista, en representación de un gran sector de venezolanos que se mueve entre el rechazo, la confusión y la duda. ¿Pueden la irresponsabilidad y el odio representar a venezolanos amantes de su país y preocupados por su futuro? ¿Puede un gobierno serio otorgarle alguna credibilidad a semejante personaje? Nada. Decidió tirar por la borda las esperanzas de quienes votaron por él. Durante los próximos seis meses secará toda su imaginación y todos sus recursos en crear situaciones de conflicto con la vana esperanza de conseguir un atajo a sus pretensiones. Pero, como dice la vieja copla, "Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos..." Y, hoy, en Venezuela, los buenos somos muchísimos más; pues, incluye también a quienes aún votando por una opción distinta a la mayoritaria, no comparten el comportamiento anticonstitucional, antidemocrático, violento y fascistoide del candidato perdedor.